Las playas de las provincias del Guayas y Santa Elena son motores turísticos indiscutibles, pero su gestión actual enfrenta una paradoja crítica: tratamos ecosistemas diversos con un enfoque uniforme, ignorando sus límites físicos y ecológicos.
Un reciente estudio, liderado por la Ph. D. Alba Calles, docente investigadora de la FIMCM, quien fue entrevistada por Diario El Universo sobre esta problemática, revela hallazgos clave tras encuestar a más de 1.400 personas entre visitantes y residentes. Aunque nuestras playas poseen características naturales distintas —desde el oleaje suave de Ayangue y Chipipe, hasta la dinámica costera de Olón y el potencial para el surf en Puerto Engabao—, el comportamiento del turista es homogéneo: el 91,4% camina y el 78,9% nada, independientemente del lugar.
Este patrón de uso generalizado ejerce una presión recreativa que no se distribuye estratégicamente, sino que se concentra en zonas que podrían ser vulnerables. Además, el componente socioeconómico añade complejidad: mientras Chipipe cuenta con infraestructura consolidada, comunidades como Ayangue y Engabao dependen de economías locales informales que son, a su vez, el sustento vital de sus habitantes.
El desafío no es eliminar modelos, es gestionarlos con evidencia.
La investigación propone un cambio de paradigma hacia la gestión basada en datos:
- Definir límites de carga basados en la morfología de cada playa.
- Promover la diversificación del uso recreativo (ej. fomentar el surf en Engabao para reducir la presión en zonas sensibles).
- Desarrollar una regulación flexible que integre y formalice la economía local existente.
Ecuador no tiene un déficit de atractivos, tiene un reto de gestión. La sostenibilidad de nuestro patrimonio costero depende de entender que cada playa tiene límites y que su valor reside en su capacidad de mantenerse en el tiempo.